“La última película” que se te ocurriría ver un miércoles a las 19:71

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Tengo el libro que Peter Bogdanovich escribió para homenajear a su admirado hombre tranquilo en mi habitación, y hace años que descubrí el documental “Directed by John Ford “. Y pese a haber visto varias de las pelis de este antiguo crítico, por esas cosas del destino que no controlas, tenía una deuda con su obra imprescindible. Un proyecto que intuyo, debió ser ilusionante, y sin embargo, trata de un pueblo sin esperanza. Unos personajes entrañables, que sin embargo, están llenos de miserias. Apaga la luz y el móvil, ponte cómodo. No es una película, es un amigo que te rompe una botella de cristal en la cabeza.

Peter Bogdanovich

Empezaré por el final, así me desmeleno. ¿Qué sensaciones te deja La última película de Peter Bogdanovich? Plenitud. Tristeza. Acabas de asistir a la proyección de una obra maestra. Provocadora y clásica. El dulce beso de un cuervo. Aquí no tiene sentido el viejo debate entre el fondo y la forma. Es un placer… para la vista. Elegancia desnuda. La impecable fotografía, el cuidado vestuario, la fluida puesta en escena, esas caras tan personales y con arrugas, los gestos y las miradas de los actores, que los alumnos de arte dramático deberían practicar en el espejo de su habitación… pero ante todo y sobre todo, hay pozos. Pozos negros como el petróleo. Existencialismo. Depresiones y fracasos, soledad y desesperación, incomprensión y amargura, aburrimiento y frustraciones… callejones sin salida.

Cámara La última película

El guion lo escribieron a cuatro manos el director y el autor de la novela en la que se basa la película y que más tarde adaptaría también Brokeback mountain. Peter Bodadanovich y Larry McMurtry. Un buen argumento, sensible y auténtico, ensalzado por unos personajes profundos, con matices, reales. Es lo que se dice y lo que no se dice, lo que callan. Si los otoños hablaran de la primavera…

Es una historia sombría, en blanco y negro, que explota en tu interior como fuegos artificiales. Año 1951. La televisión aplasta al cine y Hank Williams suena en las radios de las camionetas. Una ventisca de polvo y arena mancha el billar y las calles vacías de un pequeño pueblo del estado de Texas, Anarene, mientras un crío barre y barre sin parar escoba en mano para que no les alcance el desierto. Un pueblo moribundo y opresivo, un aire nostálgico, poético y desconsolado. Ese chavalín rubio representa a una generación, a esa norteamérica abandonada por los happy endings. Los personajes principales son los más básicos. Dos amigos, Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges).

Ya ven el final del túnel… de la adolescencia, dejarán atrás la escuela secundaria donde nunca han aprendido a placar. En el destartalado cartel de la próxima estación leemos, “Welcome to the City of Madurez”; serán adultos. Les esperan dos señoras en silencio. La monotonía y la rutina. No irán a la universidad. Les toca trabajar o alistarse en el ejército para embarcarse rumbo a Corea. Jacy Farrow (Cybill Shepherd), la novia de Duane, por el contrario, no se baja en esta parada, tiene escrito otro destino, juega con los dados marcados. Es la hija de un rico petrolero del pueblo.

La última película

La juventud está confundida, desorientada, ¿solo la juventud? Para los primeros, hay un trampolín a la vida fácil, te quitas la ropa vieja y te tiras a la piscina de los instintos. Solo piensan en divertirse para huir de ese ambiente gris. Y, ¿qué es lo más divertido que se puede hacer sin un balón de fútbol? Sexo. Magreos en la última fila de butacas del cine. Sexo con la chica que algún día será tu ex, en una furgoneta. Una orgía en la piscina de papá desafiando las normas de los adultos, creyendo que eso es vivir la vida a tope. Sexo implícito en la resaca que te conduce de vuelta de México. Infidelidades con mujeres maduras o aventuras con hombres de pelo en pecho. Sexo en el recuerdo de un amor imposible. Sexo para perder la virginidad con tu novia en un hotel de mala muerte… o con la fea del pueblo en el asiento de atrás del coche. Sexo patético y real, sexo contra el aburrimiento. Deseo, deseo, deseo. Deseo con desgana.

La última película

Con Sam “el león” muere una época, muere el pueblo, se pierden los valores. Cada personaje, cada actor, merecería un aparte. Extraordinarios. Desde el fordiano Ben Johnson al tipo que años después encarnaría al gran Lebowski. El Óscar que ganó Cloris Leachman como Ruth y que también hubiera merecido Ellen Burstyn. Pero cada uno lidia con sus debilidades, y la mía es Cybill Shepherd. Es luz y es luna. Es perdición y es tentación. ¿Quién no conoció una mujer así cuando era un tierno capullo y cayó en sus redes? Una arpía muy apetecible, una lolita virginal que te podría sacar los dos ojos en la cama… a bocados.

El puritanismo de la América profunda, chico. Los años 50 al otro lado del Atlántico. Traiciones, hipocresía, mentiras, desencanto, cotilleos, El padre de la novia, Winchester 73, Río rojo… la última película de una sala de cine que echa la llave para siempre. ¿De verdad? ¿Escapamos tan fácil con esta reflexión? ¿Todo es tan lejano? ¿No conoces a ningún Duane? ¿No es Sonny uno de tus vecinos? En mi pueblo no hace tanto que cerraron el Rialto o el cine Unzaga. Esto sí es violencia.

Archivado en Ben Johnson, Crítica, Cybill Shepherd, Drama, Ellen Burstyn, Jeff Bridges, La última película, Larry McMurtry, Opinión, Peter Bogdanovich, Timothy Bottoms
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