“Le week-end”, dos románticos con arrugas bailando en la ciudad de la luz

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Festival de Donostia

Le week-end es la película que deberían haber rodado Richard Linklater, Ethan Hawke y Julie Delpy dentro de 15 años. Encantadora. Es ese tipo de historia. Una reflexión adulta… ¡sin bostezos!, una sofisticada comedia clásica, una pareja enamorada, y sin embargo, inteligente. ¿Eso es todo? No. La piel envejece y el reuma te insulta sin piedad en cuanto abres los ojos, las canas son reproches del paso del tiempo, los achaques, excusas para seguir pensando que la tierra es plana.

Narra la historia de Nick y Meg, una pareja de maduros profesores británicos, con los hijos ya independizados, que deciden regresar a la romántica París muchos años después de su luna de miel para intentar revitalizar su matrimonio.

Deliciosa. Diálogos ágiles y situaciones muy graciosas, ¿qué más se puede pedir?, ¿es humor inglés? Desde luego, no veo a Paco Martínez Soria y a Lina Morgan paseando por la capital de Francia cogidos de la mano. Las interpretaciones son creíbles. Increíbles. No es necesario adelgazar 30 kilos, ni aparecer con expresión compungida en la gran pantalla para expresar sentimientos profundos. Solo mira. Jim Broadbent se llevó la Concha de Plata al mejor actor en el Festival de San Sebastián… pero eso no desmerece la actuación de su partenaire, que no desentona en absoluto. El que sí destiñe, y puede ser una inquina personal, lo reconozco, es Jeff Goldblum. Lo más flojo de la película.

Biblioteca comedia romántica

Le week-end es un brindis sincero, un canto al amor… con defectos, una canción de Sabina. Autenticidad. Ternura con espinas. El desgaste de la rutina, la pasión olvidada. Gruño y te grito por qué no debería quererte… pincho el globo rosa; para después, recordarte quién eres. ¡Plof! Un globo del que caen doce flores arrancadas del rosal, que se desparraman por el suelo. Abandonadas. Entonces, una rodilla desafía al dolor, una mano marchita las recoge…

Fumando

Roger Mitchell, el director de Nothing Hill demuestra su solvencia para captar las escenas más íntimas con elegancia, es ese árbitro que pita el final del partido y te preguntas su nombre (no el de su madre) porque ha pasado desapercibido. ¿Un tópico? Más lo es París… desde Casablanca. Un escenario agradecido para imbuirnos de una atmósfera sensiblera, para dejarte caer en un colchón mullido. Una postal que te obliga a preguntarte si eso que oyes son cañones o… ¡no!

El guion de Hanif Kureishi es un preso descarnado vestido a rayas con sentido del humor. Guarda unas cuantas escenas imperecederas, pasan los meses y se agarran a los barrotes de la cárcel de tu memoria porque no pueden salir. Déjame recomendarte ésa en la que están cenando en casa de su amigo de la universidad. El inefable protagonista de La mosca… cojonera. O esa otra, en un restaurante chic. Uno de esos locales donde el barro en los zapatos está mal visto, perfectos para manetener la línea y evitar michelines.

Si el año pasado se nos cayó el alma a los pies con el Amour de Haneke, parece que ahora hemos cogido aire, abrimos otra ventana. Otra perspectiva, otro final para un matrimonio de tortolitos. ¿Es romántica? Sí. ¿Es cruda? Sí. Meg Ryan pasó a la historia del cine fingiendo un orgasmo… aquí no fingen. Hay discusiones, humillación, confesiones, sumisión, temores, desprecio, inseguridades… locuras y cariño. Le week-end no es una película de fuegos artificiales, aquí solo estallan viejos y pequeños rencores, la melancolía de lo que el viento se llevó. Y carcajadas a mandíbula batiente.

¿Acabará en beso o jugando a las cartas? ¿Seguir sin ser tú, o romper con tu otro yo? Si bailas, puedes caerte…

Archivado en Amor maduro, Cine, Comedia, Donostia Zinemaldia, Festival de San Sebastián, Jeff Goldblum, Jim Broadbent, Le week-end, Lindsay Duncan, Roger Michell
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