Una vida sencilla. Para disfrutar del buen cine oriental

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El cine es, ante todo, una industria, un negocio. Pero, de vez en cuando se nos invita a deleitarnos a un ejemplo del cine como arte, una sencilla ventana al mundo exterior, no como crítica de nuestro mundo, sino que nos exponen un trocito de realidad para, normalmente, darnos de bruces con ella o simplemente, como es el caso, disfrutar de todo lo bueno y lo malo que podemos encontrar en una vida, una vida sencilla.

Ann Hui, referente del cine de autor asiático y con más de veinte películas en su haber, dirige una aclamada y multipremiada película que ganó, entre otros, el premio a la Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cine de Venecia o el Premio del Público en el Festival Cines del Sur de Granada.

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Esta película es, sencillamente, una historia muy humana, tierna y conmovedora sobre la relación de toda una vida entre Roger, un productor de cine de mediana edad, y Ah Tao, la sirvienta que se ha ocupado de velar por Roger desde que era un niño y ha servido a su familia durante más de 60 años. Cuando a Ah Tao le llega la hora de jubilarse y sin ningún familiar que pueda hacerse cargo de ella, Roger decide que es el momento de devolver tantos años de servicio y se vuelca en ella como si se tratara de su propia madre.

En Una vida sencilla vemos esa dulzura y cariño con que la directora ha tratado esta historia, una aproximación sentida y sin artificios a un tema tan natural e inevitable como es envejecer. Sin llegar al melodrama, con sentimientos nada exacerbados, Ann Hui y, sobre todo su protagonista Deanie Ip, nos enseñan un pedazo de vida sin artificio, llena de serenidad y sabiduría reflejada en la mirada de la anciana criada, con una actuación magistral y contenida.

Sin llegar a la excelencia conseguida por la japonesa Una familia de Tokio, aquí disfrutaremos también de momentos contenidos, con largas y expresivas miradas de sus protagonistas que nos dirán todo sin necesidad de palabras. Como suele ocurrir con el cine oriental, y con el chino particularmente, necesitaremos unos minutos para acostumbrarnos a un ambiente que, en principio, nos suena lejano y extraño. La película gana según va avanzando y descubrimos que ni los personajes ni sus costumbres nos son tan lejanas. En China se muere de viejo, igual que pasa aquí. Pero lo importante de esta película es precisamente que nos cuenta lo inevitable de este paso más en la vida, dándonos una lección vital de cariño y amor, una historia de una deuda afectiva que se paga con sumo placer, con el tono exacto de ternura y humor.

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Con un tono tranquilo, sin melodramas, la historia avanza hasta el final inevitable. Con resignación se acepta el inexorable paso del tiempo, donde el cuerpo se marchita pero los sentimientos afloran. A pesar de estar dirigida por una directora china, que todo en la película rezuma cultura oriental y que no veremos ningún portal de Belén ni aparecerá ningún Papá Noel, es una película perfecta para estas fechas navideñas por su espíritu, por su compasión y por su ternura. Una historia que muestra de verdad lo bello que es vivir.

Archivado en Cine, Festival Internacional de Venecia, Una vida sencilla
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