En defensa de la cultura

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Ayer cometí el error de ir al gimnansio tarde. Serían las 20:30. Estaba lleno. A pesar de ser enorme, se podía empapar uno del sudor ajeno. Me senté tranquilo con mirada propia de un bovino viendo pasar el tren. Empecé a pedalear con decisión sin más destino que llegar a los 10 minutos. Para mi toda una odisea. Soy un poco ratón de laboratorio. Necesito una pelotita para motivarme. Al poco rato alguien comenzó a hablarme. Un señor de avanzada edad me iba comentando las noticias que aparecían en las pantallas de plasma repartidas por todo el local. Evidentemente la actualidad es de todo menos optimista, a pesar de que nos quieran vender lo contrario.

Lo mejor al fondo

Esta persona con una educación exquisita me iba desgranando una por una las noticias, haciendo perspicaces anotaciones al respecto. Se le veía tranquilo y al mismo tiempo, melancólico. Era como si la música no fuera con él y en parte tenía razón. Esa es una cualidad que los anglosajones poseen y explotan con especial habilidad. La autocrítica como herramienta para purgarse. Para llamar la atención ante hechos que afectan al conjunto de la sociedad. Corrupción, valores, sexo, maltrato, etc. Existen series de televisión británicas que son un auténtico golpe en la linea de flotación de nuestra sociedad. Ejemplos tenemos en “Black mirror” o “My mad fat diary”.

Entramos en una burbuja que nos mantuvo ajenos al ruido típico de un gimnasio, música y gemidos de esfuerzo salpicados por gotas de sudor. Escuchaba pacientemente. Dejé de tener prisa. Merecía la pena la espera. Desconozco su profesión y su nombre, sus estudios o dedicaciones. Casi sin querer tocamos un punto clave que me ha obligado a dedicarle estas líneas. Mil gracias. En un momento de la conversación surgió un tema que ha estado suscitando un acalorado debate en mi ciudad. Hace años se demandaba con urgencia un auditorio digno de una población considerada por muchos como el motor económico de Galicia. No entraré en localismos. Lo que es cierto es que era una necesidad (en tiempos de bonanza económica por lo menos) a nivel cultural. Música, teatro, exposiciones, conferencias de orden internacional en una ciudad devoradora de este tipo de actividades bien lo justificaban. “El problema era, es y será que las cosas se hacen mal desde el primer momento”, apunta mi compañero de fatigas “biciclista”.

El resultado de tanta infancia truncada entre los que toman decisiones tuvo como resultado una obra cara y fea en su exterior. El gusto ha demostrado ser pésimo. Podemos discutir, es gratis, pero esa obra no lo fue. Un edificio que años después de su inauguración sigue, lo que resulta gravísimo, sin concluir y sin un programa de actividades. Un “megalito” que da pérdidas. El hotel construido en las inmediaciones estuvo a punto de echar el cierre. El parking construido en sus entrañas sirve para acumular polvo. Los alrededores no invitan a pasear precisamente rodeada de naves industriales abandonadas. El panorama de este llamado a ser, edificio emblemático, resulta desolador. Un ejemplo de la falta de miras de los promotores del proyecto. Podrán decirnos que hay ya un estudio para mejorarlo pero miren, los años pasan y nada cambia todo permanece, incluído ustedes. En eso sí somos nosotros también responsables.

La idea era buena

Al igual que ocurre actualmente con la megaconstrucción de Monte Gaiás, “La ciudad de la Cultura” en Santiago de Compostela, la cultura no consiste en levantar edificios bonitos y muy grandes (si se da el caso) sino de dotar a dichos continentes de contenido. Es precisamente eso en lo que fallamos. Quienes promueven este tipo de construcciones deberían tener muy claro esto último. Delegar o ceder estas responsabilidades a empresas privadas por lo que se viene demostrando con el ejemplo de Vigo resulta un desastre absoluto. Al final veo que celebraré el cumpleaños de mis hijos en estos edificios. Esto de hecho ya ocurre en algunos ilustres edificios culturales de nuestro país. Se alquilan para bodas, bautizos y banquetes.

Hablamos de errores generados por la opulencia y el “todo vale” con tal de arañar unos votos o pasar a la historia en una placa conmemorativa. La intención real y ficticia deben converger amistosamente. Primar el dotar de recursos a una comunidad frente al populismo. Hasta ahí todos de acuerdo.

Solo falta el funicular

Después de destaparse tantas cagadas hagan el favor de dejarse de dialécticas sectarias. No tiren por la borda los cientos de millones que se gastaron en su día en granito y hormigón. Existe mucha cultura en nuestro país, artistas de todo tipo que no tienen la oportunidad de actuar en lugares tan importantes. Bueno, primero terminen las obras. No hace falta gastarse centenares de miles de euros en traerse a “Miles Cirus” o “Carmiña Burana” como decía un conocido cargo político gallego. Les invito a poner a gente de la cultura dentro de sus equipos de gobierno como asesores independientes. Repito, independientes. Trabajen para la cultura y no para otros intereses. Una sociedad sin cultura está condenada a perder su personalidad, su identidad. Sin ella no seremos más que réplicas de ADN.Defiendan la cultura. No es necesario mucho dinero pero sí más sentido de lo social. Cuanto más escribo más me indigno y no es ese el camino. El lado oscuro lo reservaré para otros momentos.

Pasaron más de treinta minutos de conversación. Llevaba más de diez kilómetros. No me di cuenta. Nos levantamos. La despedida fue un simple, “hasta luego”. Cada uno volvió a su mundo. Contagiándome un poco de la melancolía de mi compañero dudo que en un futuro ciclo de riqueza y optimismo no volvamos a pecar. Yo confieso.

Archivado en Cultura, Libertad, Política, sociedad
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