Mundos paralelos: La libertad y el destino manifiesto

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Ay los Berglund, los Berglund. Los retratos de familia comienzan a hablar a medida que nos adentramos en esta casa americana. Vidas marcadas por una sucesión de gobiernos republicanos y demócratas. Cambios generacionales unidos por una idea manoseada de manera obscena y muchas veces absurda: la libertad. Patty era solamente el principio. Toca adentrarse en la faz masculina que, curiosamente, va de la mano de la crítica al sistema estadounidense.

Walter intenta salvar todo a través de un ave

Hacemos una pausa en la autobiografía de Patty. Sabemos que esa historia que abre el libro no era sino una fachada que se desmorona con el viento que sopla desde la intimidad. Eso es precisamente Patty: la visión íntima y sensible. Ella es la caja fuerte de la sensibilidad que se abre en un texto de revelaciones personales. Pero ahora tenemos la tarea de ver el otro lado de la historia. Para ello hay que acudir con los hombres de Patty: Walter, Richard, Joey. Y con ellos Franzen descarga toda la crítica contenida en su pluma.

Arrancamos con el hombre que piensa que su finalidad en este mundo es “meter el pene en la vagina del mayor número de mujeres posible”. Nada raro. El frágil ego masculino suele recurrir a este tipo de fantasía de macho alpha para esconder su inherente debilidad. Pero Richard Katz, el músico que saltó a la fama gracias al disco que el Lago Sin Nombre hace posible, descubrirá su sensibilidad (léase fragilidad si quitamos el maquillaje romántico) hasta que su buen amigo Walter es objeto del tipo de admiración que normalmente le corresponde a él.

Pero el viaje al interior de sí mismo no se da sin una interesante crítica al equivalente a la realeza en los Estados Unidos: los famosos. Música, cine, tecnología… cada ámbito tiene sus gurús con sus respectivos séquitos. Claro que no todo es por amor al arte, sino que las finalidades comerciales están siempre esperando su oportunidad, agazapadas, listas para el salto voraz. Entonces el supuesto artista se convierte, lo quiera o no, en una figura ideológica, en una bandera que tiene la capacidad de adoctrinar a sus seguidores. El precio de la fama y el éxito es la pérdida de la libertad de ir y venir por el mundo sin que alguien te reconozca y espere algo de ti. Pero algo muy específico y determinado: la maldición de Gray en la que eres tu imágen.

Todo un símbolo de la cultura americana

Para destacar la repetida mención a los productos de Apple que se han convertido en un ícono de la cultura americana. Aunque el músico “no está muy claro por qué en un mundo mejor los productos más superguays debe dejar unos beneficios superescandalosos a un reducidísimo número de habitantes de dicho mundo mejor”. Una de las magistrales pinceladas de la crítica de Franzen a elementos centrales de la estructura de su país. Es a través del conflicto personal, del rechazo al éxito que experimenta Richard, que el autor nos ofrece una puesta en cuestión de elementos cotidianos de la vida americana. Algo que le vendría bien aprender al jóven Dicker.

Entonces aparece Walter. Su antiguo compañero de habitación en la universidad aparece para abrir de nuevo una ventana e invitarle a cambiar de aires. Claro que esa ventana lleva el aroma de Patty, aunque esto es algo que se vuelve perceptible sólo porque Lalitha, la jóven y guapa asistente de Walter, sólo tiene ojos para su jefe. Las patologías de la psique nos conducen por caminos enrevesados, pero que no por ello dejan de tener un final luminoso como una posibilidad. Providenciales las palabras de Walter: “Intelectual y culturalmente, no hacemos más que rebotar de un lado a otro como bolas de billar lanzadas al azar, reaccionando ante los últimos estímulos producidos por el azar”. Y este omnipotente azar es el que lleva a Richard de vuelta a lo vivido, de vuelta a Patty. Él, como buena bola de billar, reacciona como se espera y acude al encuentro por lo que en su imaginario es un oráculo emanado de su miembro.

Los últimos presidentes de EEUU

Walter, por su parte, se ha topado con el desencanto de la realidad. No sólo el matrimonio con Patty pende de un hilo y su hijo, Joey, no deja de ser un dolor en el alma familiar. Sino que en el terreno profesional ha terminado durmiendo con el enemigo. Concretar sus ideas en contra del desarrollo y de la explosión demográfica en el mundo dependen ahora de un oscuro personaje cercano a la administración Bush. Ese nombre que arrastra un fétido aroma es más que suficiente para advertir de lo equivocado del camino. Pero, de nuevo, la lucha idealista de Walter sirve de pretexto perfecto para recordar los escándalos de corrupción, las prebendas que el gobierno en turno otorga a sus amigos y que pagamos todos los demás. El gran contexto perfectamente entrelazado con los pequeños dilemas que la atractiva Lalitha supone para Walter.

Mientras tanto Joey despierta de su propio sueño gracias a los acontecimientos del 11 de septiembre. Sí, otro tema que no podía faltar en un libro como este. Pero cuando las torres caen Joey ya había tomado una decisión compleja de la que difícilmente podría arrepentirse: “Él había pedido la libertad, ellos se la habían concedido, y ahora ya no podía volverse atrás”. La libertad, esa idea etérea que suele estar sujeta con los grilletes del dinero. Y así, entre la confrontación con su familia (particularmente con Patty) y su incapacidad para terminar con Connie, Joey irá descubriendo que el sentir que se nace para ganar no es lo mismo que ganarse el derecho de vivir.

Fecha grabada en la memoria colectiva

Franzen pone boca de Walter una de las descripciones más lúcidas de la realidad de los EEUU: “La gente vino a este país por el dinero o la libertad. Si no tienes dinero, te aferras aún más furiosamente a tus libertades”. Y remata: “Puedes ser pobre, pero lo único que nadie te puede quitar es la libertad de joderte la vida como te dé la gana”. La esencia misma del libro, de su sugerente título y del vaivén de sus personajes, está en vivir bajo estos designios, bajo el peso de la libertad que suele representarse con la ligereza del vuelo de un pájaro. El reto, entonces, se está en descubrir y ganar para uno mismo lo que esta palabra significa. Nada más y nada menos.

La historia de los hombres de Patty es la historia de un mundo “dominado” por la perspectiva masculina. Fantasías de poder en todas sus manifestaciones: la sexual, la económica, la política, la fama… Niños jugando sempiternamente con el juguete de la libertad, esa especie de masilla que se moldea al gusto, pero que cuando se endurece es muy difícil volver a su forma original. Seguimos en el camino que nos propone Franzen y francamente me gusta la idea. Además, no puedo esperar por la perspectiva de Gorka de esta parte del texto.

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