Anina: otros dibujos animados americanos

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La coproducción colombo-uruguaya del dibujante y director Alfredo Soderguit, es la candidata de Uruguay para los Óscars. La película, basada en la novela Anina Yatay Salas, de Sergio López Suárez, con guion y adaptación de Federico Ivanier se muestra en el Barbican como parte del festival internacional de cine para niños Framed Film Festival. La experiencia es completamente distinta de la de ir a ver cualquiera de las superproducciones de Disney o Dreamworks.

Anina Yatay Salas

Soy devota del Barbican Center. Para mi es el verdadero centro cultural de Londres. De todos los lugares públicos que he visitado frecuentemente, desde que emigré a esta isla hace ya muchísimos años, el Barbican se lleva el número uno por las muchas horas que me he pasado allí. Su laberíntica estructura y su arquitectura brutal lo hacen ser controvertido y no del gusto de todos, pero el halo utópico que le rodea y el buen uso que sus gestores han hecho del espacio y de las muchas salas de conciertos, exposiciones, bibliotecas y cines que lo componen, lo convierten para mi en una Meca que frecuento tanto como me es posible. Al menos una vez a la semana porque allí también se encuentra uno de los conservatorios de Londres, The Guildhall School of Music & Drama, al que asistimos los sábados.

Barbican

Vamos esta vez al cine a una sesión matinal en una de las dos salas nuevas que se inauguró hace menos de un año, en la esquina de las calles Beech y Whitecross, que tiene uno de los mercados callejeros de puestos de comida más variados de Londres. Las nuevas salas están en un espacio que tiene el aspecto de los cines de arte, como los Alphaville de Madrid o Curzon Soho y Renoir aquí en Londres. En la antesala hay un café y sus paredes son un collage gigante de fotogramas en blanco y negro de actores imprescindibles en películas inolvidables. Buster Keaton resalta, con sus ojos como platos, entre tanta estrella. La sala está muy bien diseñada, con los asientos escalonados con mucha pendiente, de modo que no hay peligro de no ver bien porque se nos siente delante alguien muy alto o con un peinado muy voluminoso. A los niños les encanta el sitio y nosotros agradecemos que haya una presentación de la película y también un corto. Para mi que haya corto en vez de anuncios comerciales es un hecho tan civilizado que me conmueve y me pone de buen humor.

Anina recreo

La película de hoy es Anina, del dibujante y director Alfredo Soderguit. Anina es una niña uruguaya, de Montevideo, a la que no le gusta su nombre capicúa. Nos explica que la palabra capicúa viene del catalán: cap (cabeza)-i-cua (cola). Los niños del colegio se meten con ella, pues se apellida Yatay Salas, triple capicúa. Esta diferenciación que la incordia por las molestias que les causan sus compañeros, también la intriga y le proporciona elementos para agarrarse a una identidad, moldes para una fantasía que la va a lanzar al viaje que aquí se nos cuenta. Sumida en su mundo, con los juicios de valor de una niña de nueve años, Anina se intenta divertir en el recreo del colegio, donde hay maestras buenas y malas, niñas amigas y también niñas enemigas como Yisel, la elefanta. El conflicto que provoca el drama se produce cuando Anina, sin querer, le tumba a Yisel el bocadillo que se estaba comiendo y la loncha de mortadela se cae por una alcantarilla. Eso desata una pelea que termina con las dos niñas en el despacho de la directora del colegio. Ésta les impone el castigo más extraño que hayamos presenciado jamás. Les entrega a cada una un sobre lacrado y las hace reflexionar durante toda una semana, período en el que se les exige que no abran los sobres.

Anina y Yisel

Ahí comienza la aventura de una transformación. De un cambio de punto de vista. La historia de una apertura doble, por dentro y por fuera. Ensanche del mundo externo a la vez que de la mente y el corazón de una niña. Al inicio hay un patio de colegio, y alguien, nuestra pequeña, observándolo desde la perspectiva de una soñadora que se siente marginada y que juzga a los que teme. Al final hay un mundo muchísimo más grande, con calles abiertas, con parques, con el colmado donde el amable tendero le fía la compra a su enemiga, la elefanta, que no puede pagar. Un mundo que llega hasta Australia, que es donde ha tenido que emigrar el padre de Yisel para ganarse la vida. Anina va aprendiendo esas cosas que la van despertando, que la van acercando a la otra, que la hacen sentirla una igual, otra humana. Descubrimiento de la anchura del horizonte, ampliación del alma.

Anina por la calle

El naturalismo de la narración hace que veamos a las niñas en su ambiente de Montevideo, con sus casas y parques, con las viejas vecinas que se enteran de todo y todo lo critican. Y con su música. Al padre de Anina le encantan los palíndromos. Siempre le regala frases capicua, Dábale arroz a la zorra el Abad. Un padre cariñoso que irrita a la pequeña, como todos los padres irritan a sus hijos alguna vez. Ya lo expresó muy bien Cortázar en sus Historias de cronopios y de famas. Nos enteramos de lo que se come en Uruguay, de que hacen unas tortas fritas muy sabrosas, de cómo es la sala típica de una casa y la habitación de una niña de diez años. De cómo sientan a los alumnos en la clase en las escuelas, de qué debates hay respecto a la educación. La fantasía, y hay mucha, está toda en la mente de la niña. Los sueños que la llevan a un tribunal de seres extraños, donde se juzgan los nombres más feos del mundo o a un parque casi infinito donde parece que nievan remolinos de diente de león. La colección supersticiosa de billetes de autobús con números capicúa tiene también valor simbólico en este cuento. La soledad llena de polvo del laboratorio de ciencias, donde Anina descubre en un póster de botánica que la lista de los nombres más feos del mundo que le había dado su abuela para consolarla y demostrarle que el suyo no era parte de ella, es en realidad una lista de latinajos, de nombres de plantas.

Sergio Lopez Suarez

La historia la escribió un maestro. Uno de los que le hubieran gustado a Anina, un maestro bueno, de los que quieren a los niños. Uno para el que lo importante de la educación es que no debe haber nada de sangre, nada de sufrimiento en su proceso. La letra con sangre entra, repite despiadada la maestra horrible que temen todos, la que no deja a los niños subir a los columpios porque se podrían caer, la que les reprime todas sus iniciativas exploradoras. Sergio López Suárez no quiere sangre en las letras. Ni en ningún sitio. Cuenta el ilustrador y director de la película, Efe Soderguit que “fue un trabajo que lo hicimos por el gusto de hacerlo. Nadie sufrió por hacer Anina. Toda la gente disfrutó mucho”.

También disfrutamos nosotros de la película. Mis hijos no se quejaron del acento uruguayo, que es dulcísimo, y otros pequeños amigos que nos acompañaron aguantaron estoicamente leyendo subtítulos. Hablamos de la película después y mi hija se la estaba contando a su mejor amiga el lunes, a la salida del colegio. Se merecerá muchos premios. Esperamos que este director se anime con un proyecto de este tipo en el futuro. Desde ahora no nos perderemos ninguna de sus películas.

Archivado en Animación, Cine Latinoameticano, Ilustración, Literatura Infantil, Uruguay
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