“Los años de peregrinación del chico sin color”, Murakami espera en el andén

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Haruki Murakami es el eterno aspirante al premio Nobel. Algunos críticos dicen que es un vagón de carga, que no es el Orient Express. Yo echo humo y compro un billete cada vez que aparece su nombre en el tablero de horarios de la estación. Agitan el banderín de cuadros blancos y negros. “Los años de peregrinación del chico sin color” apura su viaje. Lo que jamás podrán negar los detractores de este escritor japonés, es que se ha convertido en una firma de culto entre muchos lectores sin equipaje, pasajeros que caen cautivos de su evocadora prosa, su traqueteo lírico y esas historias fantásticas que nunca descarrilan. Unas novelas que te enganchan en cuanto escuchas el silbato de un tren a punto de salir. ¡Chu- chú!

Los años de peregrinación del chico sin color

Años de peregrinación… por el desierto de las letras. Y los que quedan, porque cada año el jurado del Nobel guarda bajo la almohada el nombre de Haruki Murakami, y pincha con una jeringuilla los sueños de millones de lectores para filtrar las ideas de algunos autores arrinconados y descoloridos. No importa. Los libros del escritor nipón envejecerán con arrugas distinguidas. Su talento no necesita medallas. He cerrado su última novela hace unas horas y creo que ya estoy preparado para manchar este blog con mi opinión tabernaria.

Aunque podamos ocultar los recuerdos, no podemos borrar la Historia.

Haruki Murakami portada

Soy un descifrador de los desvaríos de Murakami, territorio conquistado, así que si buscas una crítica objetiva y sin niebla, seré una inagotable fuente de suspiros y decepciones. Avisado estás. Su anterior obra fue 1Q84. Tres libros en dos tomos. Dos lunas en un mundo imaginario, irreal. Extraordinario. Sin embargo, esta vez ha plantado los pies en la tierra y, ¡no como los hombres que crecían en los bancales de Amanece que no es poco! Se ha puesto serio. Para bien o para mal, es su novela menos reconocible. Aunque no por eso, deja de ser digna de recomendación… es exquisita.

El protagonista absoluto es Tsukuru Tazaki, un solitario “joven” de 36 años. Es ingeniero y se dedica a diseñar y construir estaciones de tren en Tokyo. Ha cumplido su sueño de niño, siempre le gustó sentarse en un banco y ver pasar el ferrocarril, los vagones, observar a los pasajeros cuando se apean. Un tipo apacible; como su día a día. Con todo, es incapaz de olvidar un hecho que le marcó en su segundo año de universidad. Fue repudiado sin explicaciones por su pandilla de Nagoya, sus amigos de la adolescencia le despreciaron y nunca supo el porqué. Una cuadrilla, muy unida y curiosa, todos paseaban un color en su apellido. Akamatsu y Oumi, los chicos, y Shirane y Kurono, las chicas; pero todos les conocían por Aka (rojo), Ao (azul), Shiro (blanco) y Kuro (negro). Ups… Tsukuru no tenía color. No destacaba en nada, era un simple recipiente sin contenido.

Tras el incidente, nuestro amigo quedó tan desolado que miró a los ojos al suicidio durante meses, iba del brazo de la señora depresión, hasta que un día, por fin desapareció esa sensación de ahogo y flotó, estabilizó su vida. Apagó la luz de esa siniestra habitación, cerró la puerta y tiró las llaves del amor y la amistad a las vías. Hay que nadar. Y en ésas estaba, cuando conoce a Sara. Una mujer. Y por tanto, bruja. Más lista que el diablo. Su nueva amiga íntima detecta el dolor de su herida abierta. Y, ¿qué hace? Decide empujar a Tsukuru al abismo… para que se cure. Si quiere seguir con ella, tendrá que preguntar qué pasó a sus antiguos amigos. Cayó la hoja del calendario ondeando en el aire, se acabaron los años de peregrinación, hay que volver a casa para poder enfrentarse al futuro.

16 años es mucho tiempo. Todos cambiamos. Los chicos idealistas del pasado… están desorientados en un bosque de insatisfacción. Un viaje de Japón a Finlandia. Uno de los episodios que cambian a Tsukuru, por ejemplo, es cuando conoce a Haida en la universidad, un estudiante de filosofía que le cuenta la extraña historia de un pianista con “seis dedos”, capaz de identificar el color o el aura que despide cada ser humano. Un relato que podría hacerte pensar, uno de los pocos caprichos con lazo de fantasía que nos regala el escritor en esta novela.

Un narrador omnisciente en tercera persona, una fluida estructura lineal y las huellas inconfundibles de Haruki. Esa mirada introspectiva que me tiene fascinado, su sensibilidad, pocos diseccionan como él los sentimientos humanos, sus descripciones, las inseguridades, el sexo, la soledad, el abandono, la decepción, los complejos, el amor, la tristeza, los simbolismos, la belleza, la muerte…

Tsukuru seguía buscando qué podía decirle. En silencio, miró hacia el lago, en la misma dirección que ella. Sólo días después, cuando ya había subido al avión que lo llevaba a Narita y se había abrochado el cinturón, le vinieron a la mente las palabras que debió haber dicho. Por algún motivo, las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde.

Se había convertido en un puñado de ceniza blanca. Sus pensamientos, su manera de ver las cosas, su sensibilidad, sus sueños y ambiciones… Todo eso había desaparecido. Sin dejar rastro. Sólo quedaba lo que él recordaba de ella.

Como en todas sus novelas, Murakami concede una importancia capital a la música. Es un melómano reconocido y regentó durante varios años un club de jazz. En Los años de peregrinación del chico sin color además de atreverse con el Viva Las Vegas de Elvis Presley como politono, consigue que asomen lágrimas cada vez que escuchamos una pieza titulada Le mal du pays de Franz Liszt, una obra que obsesiona a nuestro protagonista. Forma parte del libro Première année: Suisse, de los Años de peregrinación. El pianista es Lázar Berman. Cierra los ojos.

Las estaciones de ferrocarril son puntos de salida y llegada. El viaje sirve para cambiar de sitio… y de ideas; puedes elegir entre diferentes ramales. Puedes desviarte. Cada estación es un árbol lleno de posibilidades, y por eso le gustan a Tsukuru. Aunque no las aproveche. Tal vez el tiempo también se ramifique, desdoblándose en realidades paralelas. Como en 1Q84. Quién sabe. Yo lo único que sé es que ya he elegido mi destino en esta vida. Tengo mucho más en común con este runner melancólico de ojos rasgados que con mi vecino. Respeto y admiro mucho más a este señor, que a mi alcalde o a mi presidente del gobierno. Me lo pido como compañero de viaje. Si algún día puedo elegir patria, no tendrá cuchillos en en los muros porque no habrá fronteras. Si algún día puedo dar la mano a Haruki Murakami y sentarme a su lado en un tren, le daré las gracias por ser mi amigo y dejarme entrar en su mundo. Lee.

En ese momento, por fin lo captó. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.

Archivado en Haruki Murakami, Japón, Libro, Literatura, Los años de peregrinación del chico sin color, Murakami, Novela
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