Mundos paralelos: “Libertad” sin ira, libertad

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Sábado sabadete, bang bang, una cita con Mundos paralelos, dos puntos de vista para una sola lectura. Hoy toca el segundo artículo y Carlos ya se me ha adelantado. Zarpamos de “Explotación a cielo abierto” y tomamos puerto en “Una fuente de problemas”. El meollo de la novela, el alma verde. Walter y Lalitha se esfuerzan por conservar una especie en extinción, la reinita cerúlea… aunque como su mecenas, ellos también guardan otras intenciones. Su auténtica preocupación es la superpoblación. ¿Te unirías a su fundación para luchar contra este trágico dilema que algún día tendrá que afrontar la humanidad?

Extracción de carbón

¡Qué ganas de seguir leyendo, Carlos! Han dejado a Patty de patitas en la calle, y aparece en Nueva York sentada en unas escaleras, esperando al culpable de que le tiemblen las piernas. El cabrón que ha provocado que le den la patada. Seguro que se lo agradece. Porque… seamos serios, está claro que necesitaba un buen “empujón”. Mira bien la portada del libro. ¿Ya? Pues ahora sí, ahí va la pregunta. Una mujer infeliz, con hijos mayores e independientes, con dinero y un matrimonio insostenible, ¿a qué espera para coger la antorcha de su libertad? ¿A qué espera para dejar de ser una estatua? ¿Es necesario quemarse para que nos atrevamos a tomar decisiones?

Lo que había sido para Katz un mundo difusamente acogedor de amparo doméstico se había venido abajo de la noche a la mañana, en el microcosmos voraz y caliente del coño de Patty.

No me arriesgo a profetizar cuánto tiempo durarán o si llegarán a ser una pareja estable, pero me alegro. Mi teoría de que el 90 % de las parejas son mentira requiere de una 10 % de parejas verdaderas. Locos que no se resignen. Valientes que estén dispuestos a caer al vacío desde el puente. En fin… en este artículo Patty no debe ser protagonista. Porque no lo ha querido el señor Franzen. Sí en cambio, Richard Katz. Alejado de los Traumatics y de Walnut Surprise, huyendo del éxito, cicatrizando las heridas que le dejó el Lago Sin Nombre, ahora es un tipo que arregla terrazas a punta de pistola de clavos.

Libertad

Entiendo que necesite bajar de su pedestal, del escenario, ser uno más, ganarse el pan con el sudor de su frente, ser un observador anónimo, para poder escribir esas letras subversivas. Si vive entre algodones acabará en un jet privado como Julio Iglesias. O componiendo para Garth Brooks. Richard Katz no es un conformista, es un rebelde, por eso deja la autobiografía de Patty en el escritorio de su gran amigo. ¡Que explote el mundo mientras haya cervezas en el frigorífico! ¿Se dejará arrastrar finalmente por Walter en su cruzada contra la superpoblación o su participación ya no sería bienvenida?

En las últimas páginas llama a Tim, el batería de su banda, y con esa forma tan característica de relacionarse de algunos hombres, lanzándose pullitas, insultándose, se perdonan. Vuelve a la música. La pasión por las canciones le ha encontrado al compás de un martillo, la estrella del pasado ha encontrado el camino a Belén, ha sentido removerse el gusanillo de la inspiración trabajando duro.

Es curioso este triángulo. Tres adultos. Se respetan, se quieren, se admiran, y sin embargo, es un nido de traiciones, envidias y broncas. Silencios tensos. Pero seccionemos una punta y vamos a dibujar otro triángulo. Walter y Patty, Walter y Lalitha. El buen hombre disimula y se engaña a sí mismo, se resiste todo lo humanamente posible, aunque todos sabemos, y Katz el primero, que es una tentación insoportable. Juventud, belleza e inteligencia. Viendo el percal que tiene en casa, lo extraordinario es que no haya caído antes. Óscar Wilde nunca te lo perdonaría, Walter. No siempre se puede poner la otra mejilla.

La mansión estaba a oscuras y en silencio cuando regresaron, con sólo una luz encendida en la cocina. Walter se fue derecho a la cama, pero Katz se quedó un rato en la cocina, pensando que quizá Patty lo oyera y bajara. Aparte de todo lo demás, ahora anhelaba la compañía de alguien con sentido de la ironía.

Libertad

Si tiramos a la basura las revistas rosas, en esta fase de la novela lo más significativo es la trama de la Fundación Monte Cerúleo, la conservación de la reinita cerúlea. Para algunos, supongo, líneas y líneas aburridas. Un millonario amigo de los Bush, que tiene buen corazón. Ejem. El texano Vin Haven. ¿No esconde nada? La defensa de la Naturaleza también está podrida, chico. Es un cazador, no un buen samaritano. Las consecuencias que deja la explotación a cielo abierto no pueden ser la ganga que salve nuestro planeta por muchos parches que pongamos después. Y Walter lo sabe. Entonces, ¿por qué nos equivocamos aun teniendo buenas intenciones y conocimiento? En este caso, ¿solo por intereses económicos? Incluso Coyle Mathis, que podría haber protagonizado cualquier novela numantina, se vende. Es un asco. ¿El fin justifica los medios? ¿Tiene alguna posibilidad “Espacio Libre”? ¿Alguien les hará caso, aunque no sea el enrollado de Richard Katz quien exponga los argumentos?

No hay duda, esta historia es carne de cañón, perdón, carne de Hollywood. Un poco de sacarina por aquí, y unos recortes de guion por allá, y listo. Hagamos el casting. En cuanto al tema de la superpoblación, no creo que éste sea el foro adecuado. Los argumentos que aparecen en la novela me convencen, el problema es la solución. A ver qué nos propone Jonathan Franzen, qué sacamos en claro al terminar de leer el libro.

Libertad

Cada vez que encuentro un joven vagando por Nueva York en mis lecturas, pienso en Paul Auster. Aunque Joey no es escritor, ni pretende serlo. Tiene otras ambiciones, y todas ellas, nacen y mueren en Wall Street. A lo que iba. Si veo uno de sus rascacielos en una película, automáticamente enfoco a Woody Allen, Martin Scorsese y Leo McCarey. No puedo evitarlo. Son asociaciones inconscientes.

Joey ya está en la universidad. Y me pasa lo mismo que con Patty. Los grandes trazos, las habladurías del resto, no le hacían justicia. Me parece un chico bastante sensato, con las contradicciones y miedos de su edad, claro. No sabe cómo dejar a Connie. No es libre. Quiere probar nuevas sensaciones. Quiere probar a Jenna, la hermana de Jonathan. El niño rico. Quiere pagarse sus estudios, pero termina por sucumbir a las ofertas de su madre. No rompe ese parentesco mercantil. No es libre. Quiere, pero no puede. Quiere descubrir lo que sus padres le han ocultado, y diferenciarse. ¿Cómo acabará? ¿Descubriremos las luces y sombras de su hermana en la siguiente dosis de Libertad? ¿Era Jessica?

Él había pedido la libertad, ellos se la habían concedido, y ahora ya no podía volverse atrás.

Jonathan Franzen no se anda con chiquitas, cuando se propuso escribir esta novela decidió meter en la lavadora la bandera de las barras y estrellas y eso hace. Critica sin miedo, saca los ojos… a pasear, sin compasión. A los Bush, el 11-S, las grandes corporaciones, Apple, la corrupción y los amiguismos, el negocio que traen las guerras, a los demócratas y a los republicanos, el racismo en la América profunda, la igualdad entre sexos, la energía nuclear, la eólica, los conductores maleducados… no es una revolución a la francesa, pero tampoco deja títere con cabeza.

Como puedes ver, estoy metido en la historia, deseando acabar este artículo para continuar pasando páginas con la yema de mis dedos. Páginas de papel. No te voy a engañar, Las correcciones ya tienen un nuevo lector. Sí, sé que debería esperar al final para emitir mi veredicto, pero tengo prisa, no tengo tanto tiempo como Tony Soprano, Patty sigue sentada en las frías escaleras neoyorquinas…

Archivado en Crítica, Jonathan Franzen, Libertad, Libro, Literatura, Mundos paralelos, Naturaleza, Opinión
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