Mundos paralelos: “Libertad”, el veneno de un buen beso

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Mundos paralelos entra en la autopista. Y me apuesto un tapacubos a que esta vez no nos estrellamos, me gusta el estilo ágil e incisivo del señor Franzen. Su casco y sus manos. Una fluidez no exenta de reflexiones lúcidas. Ácidas. Un buen conductor. “Libertad” pinta la vida de los Berglund, una familia media americana. El matrimonio entre Walter y Patty, sus hijos adolescentes, sus amigos, sus vecinos… Los años pasan y el viento trae y se lleva alegrías, errores, miedos, frustraciones… Aún no es hora de pagar, pero empezamos a tener opiniones, empezamos a mordernos las uñas de la discreción.

Jonathan Franzen bird

Voy a empezar este artículo con un palabro que hace dos o tres décadas que no se oye en mi barrio, prepárate. ¡Ahí va! Un narrador omnisciente, sí, omnisciente, detalla en los primeros párrafos de la novela el revuelo que ha causado en Saint Paul la noticia sobre Walter Berglund. Un vecino modelo que ha arruinado su vida profesional en Washington. Un idealista de origen rural, más verde que los Verdes, enredado en chanchullos con la industria del carbón y acusado de abusar de la gente del campo. ¿Por qué? ¿Por qué? Es inexplicable. Bueno…

Mundos paralelos

En eso estamos, de momento parece que su afán por ser el “hermano mayor” de su mejor amigo, Richard, le ha jugado una mala pasada y ha pisado una piedra suelta mientras ascendía por esa pared vertical que corona el éxito. El oscuro gen competitivo que guardaba en sus botas de monte ha aplastado el laberinto de sus ideales. La maldita rivalidad con el músico a quien admira. Parece que Walter ha tirado sin querer el rey, en su partida de ajedrez. Pero antes de meternos en harina y mancharnos las manos, debería ahuecar la almohada y barrer la habitación principal.

Jonathan Franzen tenía claras sus ideas cuando escribió Libertad. En una frase: cuenta la vida de los Berglund a lo largo y ancho de varias décadas. Una familia de clase media de Minnesota. Una familia cualquiera. En esta primera parte hemos conocido a varios personajes, aunque parece que es Patty, la madre, quien lleva la voz cantante. Me explico. Te pones a leer y no has deslizado tus dedos por 30 páginas cuando cambiamos la voz narrativa. ¿Cambiamos, señor Franzen? ¿Señor portada de la revista Time?

Ahora es Patty quien “nos vende” una autobiografía en tercera persona (a sugerencia de su psicoterapeuta). Reconozco que siempre he odiado a los que hablan de sí mismos en tercera persona. En fin, no hablemos de Gorka; ni de Juana “la loca”. De ahí la importancia de empezar el artículo con el palabro “omnisciente”. Ya no contemplamos la historia con un plano general, ahora vamos con la cámara al hombro, experimentando lo que quiere ver o cree ver nuestra amiga. Tras este cambio de narrador, cada página es una enseñanza, entendemos poco a poco su carácter, sus reacciones, su actitud. Sus miserias. Sus pasiones y debilidades. Una costilla de Adán, que encajaría a la perfección en el esqueleto de la serie Mujeres desesperadas.

Novela

Un día es la madre y esposa que querrías en tu álbum de fotos más íntimo y personal, y otras, cae por el sumidero de la depresión navegando dentro una copa, zigzagueando entre las olas de vino tinto. Sus traqueteos emocionales. Una mujer… competidora. Y no hablo de su época como jugadora de baloncesto. No. No solo Walter participa en concursos sin sentido. Ella necesita demostrar a su madre y a sus hermanas que ya no es el patito feo de la familia, que ya no es una ingenua, que no tiene complejos, que ha triunfado. Una competición familiar, no profesional o de estatus, como la de su marido.

¿Ya no es ingenua? ¿Ha cambiado o arrastrará para siempre esas condenas? ¿Ya no es aquella chica a la que Eliza, su amiga drogadicta, la engañó diciendo que tenía leucemia? ¿O aquella “adolescente” a la que violan y que acepta no denunciar al hijo de puta? Perdón, ¿al hijo de… esa persona influyente? Huye de la sofisticada Nueva York. De Joyce, Ray, Abigail… huye de las personas que la hieren y se refugia en el conformismo acomodado. Quiere tranquilidad. Escapa de Eliza y de Richard. Casi todos tienen carencias afectivas graves y son contradictorios. Personajes que son personas si les baldeas y se les cae el maquillaje. Y este escritor parece que siempre tiene a mano un cubo de agua.

Walter, el marido, siempre pensando en la felicidad ajena. La imagen que más tarde, querrá dar Patty. Joey, el hijo guapo y caprichoso que se escapa de casa para vivir el amor con su extraña novia, esa vecinita que no se llama Penélope por mucho que espere, que vuelve la cabeza cuando gritan, Connie. Jessica, la hija de hielo y formal. Y Richard, el músico que conoció Walter en su época universitaria y que se convirtió en su mejor amigo, un tipo que no descansa los dedos de la mano, que se pierde entre las faldas de cualquier torera nocturna. Incluso a sus cuarenta y tantos años…

Libertad

Te juro que no lo lamentarás.

Eso le dijo Patty a Walter, cuando le pidió que la tratara bien; y éste aceptó. Ella necesitaba cariño, y él estaba ahí. En la habitación 21. Walter también se conforma; con una mujer que no le quiere… al menos como primera opción. No le desea sexualmente. Se conforma. Se conforma. Y cede otra vez, cuando ella decide no trabajar, siendo un feminista declarado… y afiliado. Y todo eso, hace que se frustren sus sueños de salvar el planeta. Sus ideales pasan a ser secundarios… yo lo lamentaría.

Si buscas un misterio, un superhéroe o elfos, no toques a esta puerta. Si la abres, podría caerte encima un torrente de vinagre. Aquí hay costumbrismo. Muy bien contado. En ocasiones, brillante, pero siempre sólido. Capítulo a capítulo asistimos a problemas familiares y sociales, hay violaciones e infidelidades, conflictos con los vecinos, ataques de ira y teléfonos que suenan y nadie coge… Gente convencional que toma decisiones, que buscan rincones de seguridad. Son libres pero no paran de cometer errores. Se encarcelan ellos solos. Y por eso caen en los vicios. En el alcoholismo, en las drogas, en la rutina…

Me está atrapando, de momento no me ha decepcionado, tampoco me esperaba Moby Dick, sabía que no iba a descargar tanta adrenalina como haciendo wingfly. No lamento el tiempo que paso abrazado a este libro, hay talento, y quién sabe, podría contagiarse por fricción. Veremos si la semana siguiente siento lo mismo o estoy haciendo la goma, y me cuesta llegar al final con todos vosotros. Me gustó el episodio del lago Sin Nombre, cuando Patty y Richard resuelven la tensión sexual que no les dejaba comunicarse. Me hizo gracia. Y a pesar del “sonambulismo”, me pareció real. Algo que podría ocurrir fuera de esas páginas. Y que era inevitable ahí dentro.

Tenemos una cita el sábado que viene… hay un hoja en blanco con un “2004”. ¡Espera!, y dentro de un rato no te pierdas la opinión de Carlos. Yo no pienso dejar sin leer ese artículo. ¿Qué habrá encontrado? ¿Nos sacará alguna referencia filosófica?

¿En todas las novelas actuales hay que hacer un chiste sobre Bill Clinton y Monica Lewinsky? ¿Usas bien tu libertad o cometes errores una y otra vez? ¿Te sientes identificado con alguno de los personajes o eres un lector objetivo?

Archivado en Bestseller, Freedom, Jonathan Franzen, Libertad, Libro, Libros, Literatura, Mundos paralelos, Novela, Opinión
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